Cartas de amor Enrique VIII a Ana Bolena

 

Su matrimonio apenas duró 1000 días pero el encaprichamiento del rey con Ana Bolena supuso la ruptura con la Iglesia de Roma, la fundación de la Iglesia Anglicana y numerosas ejecuciones de quienes no reconocieron el nuevo status del autoproclamado jefe de la Iglesia Anglicana.

Nada impediría que Enrique VIII obtuviera los favores de la que era dama de compañía de su esposa, Catalina de Aragón. Y si ésta era más exigente que las demás (entre las que se incluía la propia hermana de Ana Bolena) y demandaba que sellase su amor mediante el matrimonio, no sería la Iglesia quien le frenase negándose a anular su matrimonio con la hija de los Reyes Católicos.

 

 

La dama en cuestión, hija del diplomático Tomás Bolena, había recibido una esmerada educación en la refinada corte francesa antes de convertirse en dama de honor de Catalina de Aragón. Era 1522. Contaba entonces Ana Bolena con 21 años, Enrique VIII, con 34.

Tan insistentes eran los rumores y panfletos acerca del enamoramiento del Rey, que, en 1928, Bolena se vio forzada a abandonar la Corte y refugiarse en una hacienda de su padre.

La distancia, lejos de disminuir los deseos de Enrique VIII, acrecentó su urgencia.

Como legado de sus sentimientos, aún se conservan las apasionadas e incluso sumisas cartas que le dirigió «con la mano que es vuestra».

La editorial Confluencias dedica un pequeño volumen con una preciosa portada a recopilar las 17 cartas que durante este periodo escribió el monarca además de una introducción en la que nos hace partícipes del contexto, de comunicaciones en las que tanto Ana Bolena como Enrique VIII reclamaban una decisión favorable a la Iglesia y de la negativa final de ésta.

 

El enlace tuvo lugar en secreto el 25 de enero de 1933 y Ana Bolena fue proclamada reina el 1 de junio de ese mismo año.

Méritos no le faltaban a la Bolena pero, el tiempo demostró que la insistente lucha del rey por unirse a ella, fue más fruto de una obsesión y de su empeño porque nadie le impusiese su voluntad que de un verdadero amor.

 

 

Tras tener una primera hija en común (la segunda para el monarca), el soberano pronto perdió la fe en conseguir su ansiado varón junto a Ana Bolena, la acusó de adulterio y ordenó decapitarla en mayo de 1536.

Ante la multitud congregada para presenciar su ejecución, la aún reina instó a «rezar a Dios para que salve al rey y le dé mucho tiempo de reinado sobre ustedes, por el más generoso príncipe misericordioso que hubo nunca y que para mí fue siempre bueno, un señor gentil y soberano.»

Once días después de su muerte, Enrique VIII se casaba con Juana Seymour, otra dama de compañía de la reina.