Como resucitar a Mark Twain

A veces, cuando estoy a punto de terminar el último libro que tengo entre manos y ya empieza a rondarme en la cabeza la idea de cuál será el próximo, toparme con el nombre de Mark Twain en el lomo de un libro que aún no he leído, me parece un acto de suerte. Empiezo a leer las primeras páginas y ya se dibuja en mi cara la sonrisa de quien se reencuentra con un amigo que nunca le defrauda. Y eso que El rapto del príncipe Margarina se trata de un caso muy especial: está escrito a cuatro manos por dos escritores asincrónicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

El apéndice final de esta edición de Océano Travesía, nos revela la trastienda: todo empezó cuando el experto en la obra de Twain John Bird encontró las notas inconclusas de un cuento infantil entre los archivos pertenecientes a Twain de la Universidad de Berkeley.
Como ya le pasara a Carroll con Alicia en el País de las Maravillas o a Astrid Lingren con la historia de Pippi Calzaslargas, estas notas parecen haber surgido de aquellas narraciones orales con las que el autor americano deleitaba a sus hijas antes de ir a dormir. Twain tomó como punto de partida de su relato la ilustración anatómica que aparecía en una revista. De ahí surgió un paisaje inhóspito, en el que un niño a cargo de su nada empático abuelo se ve obligado a deshacerse de su único amigo: el gallo Hambruna y Pestilencia. Como las historias (y la vida misma) vienen cargadas de giros insospechados, este acto tan triste acabó por cambiar la suerte del bondadoso protagonista de la historia pues, a cambio de su gallo, recibió unas semillas mágicas y hasta se vio envuelto en el rescate del príncipe Margarina (encuentros con animales parlantes y rey de dictámenes arbitrarios mediantes).
Tras contar el cuento a sus hijas, Twain dejó anotado el esqueleto del relato pero lo dejó inacabado. Por suerte, Philip Stead no se achicó ante el encargo de darle forma a la historia y, contagiado de la genialidad del autor original, decidió que sus intervenciones fueran visibles gracias a una narración paralela en la que el propio Stead comenta con el fantasma de Mark Twain hacia dónde transcurre la historia principal. Un recurso que conseguirá implicar al público adulto en la narración.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cómo me alegro de no ser una purista, porque Philip no solo ha sido capaz de continuar una narración de aventuras al estilo del autor original, también se ha empapado de su imaginación y de esa mordaz ironía cargada de sentido del humor con la que Twain consigue la complicidad del lector en cada uno de sus libros.

Las delicadas (y abundantes) ilustraciones en tonos pastel de Erin Stead ambientan la historia en un aire de ensoñación y, sin duda, junto al impecable diseño del libro, sirven para envolver en un precioso papel de regalo este tierno relato que promete desvelar las palabras que, dichas de forma sincera de cuando en cuando, salvarían la humanidad de la violencia. ¿Quieren conocerlas?…

 

EXTRA – Si se han dado cuenta, el autor y la ilustradora comparten apellido (Stead). Para quienes sientan curiosidad por el espacio y la forma de trabajar de esta pareja, les dejo este vídeo en el que muestran su estudio.