El jardín de MONET

 

Viendo la casa de Monet en Giverny rodeada de frondosos jardines, los paisajes del pintor impresionista cobran vida igual que parece tomar vida una existencia bucólica muy lejana de las dificultades a las que su dueño se enfrentó persiguiendo su pasión.

 

Monet, nacido en París en 1840, supo que quería pintar desde que era un niño. Se enfrentó a su padre que deseaba que continuase con la tienda de comestibles familiar, se enfrentó después al encorsetamiento de la Academia. Llegó a pasar tantas penurias para sacar adelante a su familia que su desesperación le llevó a tirarse al Sena…

 

Por suerte, sobrevivió. Por suerte, encontró colegas que compartían su aversión por el estilo academicista. Renoir le retrató en su cuadro Monet Pintando en su jardín en Argenteuil y fue su obra «Impresión sol naciente«, expuesta en el «Salón de los rechazados», la que sugirió la denominación del «impresionismo» a un crítico de arte del momento.
Su segunda esposa siempre estuvo celosa de la primera, que tantas veces había posado para él…
Pero en 1883 y hasta su muerte en 1926, Monet vivió en Giverny rodeado de un inmenso jardín que le permitía viajar sin salir de casa: un puente japonés sobre el estanque, nenúfares de Egipto y Sudamérica, flores y más flores…
Pese a sus problemas de cataratas, Monet continuó pintando hasta su muerte guiado más por su memoria del jardín que por sus propios ojos.

 

Cuando In de tuin van Monet cayó en mis manos, está tan impregnado de las atmósferas recreadas por el pintor francés, que mi primer pensamiento fue que este libro ha tenido que surgir, no de una contemplación de sus obras, sino de una visita de su autora, Kaatje Vermeire, a la preciosa casa y los jardines de Giverny -ahora abiertos como casa-museo-.

 

La trayectoria de Monet se va dibujando a pinceladas desde su deseo de convertirse en pintor en la infancia hasta su predilección por los espacios abiertos en contraposición a la academia, cómo la pérdida de su musa Camile apagó los colores o cómo en la vejez sus cuadros de nenúfares del jardín de Giverny se convirtieron en precedente de la pintura abstracta.
Su percepción de las variaciones de la luz y el color con el paso de las estaciones se va filtrando por cada rendija de estos pasajes de su vida pictórica.

 

Combinando la ilustración con la pastosidad de la pintura, Vermeire consigue trasportarnos y empaparnos de la belleza de los cuadros de Monet, de retazos de un estilo de vida bucólico y pausado. Su técnica nos invita a observar (y comentar si compartimos su lectura con los más pequeños de la casa) esas pinceladas que casi se pueden tocar que tanto protagonismo cobran en cada doble página.

 

 

Un libro que consigue de forma compacta transmitir la experiencia de la pintura a través de un poético texto y de la sensibilidad y maestría para ilustrarlo de Kaatje Vermeire