«Ana, la de Tejas Verdes» y la autora tras ella

Había una vez una pequeña isla perdida en Canadá en la que parecía que nunca pasaba nada. Había una vez una pequeña niña huérfana y solitaria que se refugió en la lectura y en su escritura y que, contra todo pronóstico, consiguió fijar la atención internacional en la aparentemente aburrida vida de esta comunidad de Prince Edward Island.

Érase una vez Ana, la de Tejas Verdes (Anne Green Gables), una novela que nos hace confiar en el poder de la imaginación para cambiar nuestra realidad, cuyo lema «se puede disfrutar de todo cuando uno está firmemente decidido a ello» nos contagia la inconmesurable alegría y ganas de vivir de su joven protagonista pese a las circunstancias adversas de su vida, y que, durante generaciones, personificó la vida de su autora (o eso creyeron sus lectores -y hasta sus vecinos-) hasta que en 1985 se publicaron los diarios de Lucy Maud Montgomery (1874 – 1942).

Es cierto que Anne bien podría ser su alter ego, también Lucy perdió a su madre a causa de la tuberculosis antes de cumplir los tres años, su padre la dejó a cargo de sus ancianos abuelos y desapareció. Tuvo que esperar hasta los 16 años para volver a tener noticias de su progenitor: acababa de casarse y Lucy podía ir a vivir con ellos. Por fin dejaría de ser una huérfana -tal y como fantaseaba Anne- pero, tras un año en el que se dio cuenta de que su madrastra nunca dejaría de tratarla como a una sirvienta, decidió regresar con sus abuelos. Nunca volvió a saber de su padre.

La falta de apoyo para desarrollar una carrera literaria no le impidió empezar a ganarse la vida publicando algunas historias cortas y,
a los 31 años, escribió una novella claramente inspirada en muchas de sus vivencias. Tuvo que insistir mucho hasta encontrar un editor pero finalmente Ana, la de Tejas Verdes se publicó en 1908.

Para 1910, su autora ya contaba con unos ingresos importantes y una enorme popularidad pero le faltaba el reconocimiento académico que ansiaba como escritora

Más sometida a los convencionalismos sociales que su alter ego, Montgomery esperó a que su abuela falleciera para conseguir su sueño de formar su propia familia. Tenía 36 años y eligió a la pareja que le podía otorgar una posición más respetable en su comunidad: un reverendo del que no estaba enamorada.

Sus diarios rebelaban su amargura, su rabia, el sentimiento de sentirse «en prisión» nada más llegar a casa tras la ceremonia de su boda, su desprecio por muchos de los que le rodeaban, las presiones de su editor y de los lectores para que publicase nuevas aventuras de Anne.… Sus momentos de felicidad giraban en torno a sus hijos y el disfrute de la naturaleza.

La I guerra mundial tuvo un gran impacto sobre ella: como esposa del reverendo, atendió a muchas familias que sufrieron las consecuencias del conflicto y esto se reflejó en su escritura: fue la única escritora canadiense que describió la vida de las mujeres durante la guerra.

Firmada la paz, la salud mental de su marido se deterioró. Ella intentaba ocultarlo a sus hijos pero también ante quienes la rodeaban.


La publicación de sus diarios provocó que muchos de sus lectores se sintieran sorprendidos y defraudados con esta cara más oscura de quien tantas horas de placer les había proporcionado a través de ese vivaz, soñador y locuaz personaje que, por mucha fantasía que precisara la situación, siempre sabía contagiar su alegría y su aprecio por las pequeñas cosas de la vida.

Editorial Almuzara se suma al resurgir de este personaje cuyos diálogos salen de las páginas para también cobrar vida en las múltiples series que recrean el ambiente rural de esa comunidad de entrañables y complejos personajes que Montgomery supo construir con maestría. Además, sus páginas centrales incorporan fotografías de la autora y de la casa que inspiró la historia que la ha hecho inmortal.