Marsinne. Un puñado de razones para acudir a un festival diferente

Fotografías: Marie García Bardón

 

¿A ustedes les pasa que les da un poco de respeto volver a un sitio en el que fueron muy felices?, ¿que no quieren corromper el recuerdo con nuevas impresiones generadas en un contexto diferente? Supongo que a muchos les pasa. Hasta Sabina lo cantaba en Peces de ciudad
Hace casi 15 años, yo fui muy feliz en el festival de folk de Marsinne. Este año, cruzando los dedos para no manchar la memoria, decidí volver mezclándome entre el público. He conseguido recopilar un buen puñado de razones por las que me sigue gustando este festival tanto como cuando lo conocí y por las que recomendárselo sean iniciados en la música folk o no:

– La primera agradable sorpresa que me encontré es que el tiempo no había pasado por la inigualable ubicación: el arco de bienvenida al espacio, el chateau, las diferentes salas dedicadas a conciertos, los escenarios al aire libre, los espacios verdes, los rincones con encanto… permanecían tal cual.

 

  • Se trata de un festival que invita a participar y a mezclarse en estos tiempos en que parece que nos cuesta relacionarnos más allá de una pantalla.

 

– Es un festival para escuchar música pero, sobre todo, lo que marca la diferencia con otros festivales es que éste es un festival para bailar, para recuperar la costumbre de aquellas esperadas verbenas en las que compartir coreografías con conocidos y desconocidos. No importa que no tengas nociones previas, son muchos los workshops que nos ofrecen animarnos a dar nuestros primeros pasos in situ. Difícil resistirse.

 

  

 

– Pero los talleres no se limitan al baile, el festival, pone al alcance de aficionados que, por ejemplo, un músico como el francés Martin Coudroy les contagie su entusiasmo en un workshop de acordeón y con sus melodías nos traslade a paisajes cercanos a la banda sonora de Amelie.

 

–  El ambiente que se genera lo pone muy fácil para que músicos profesionales y amateurs se mezclen y en cada rincón pueda surgir alguien tocando una melodía al que otros se unan.

 

 

– Un festival que, bajo la denominación de «podium libre«, cede un escenario a todo aquel que desee darse a conocer. No solo se trata de un espacio muy solicitado, sino que nosotros descubrimos a grupos como Emily and the Simons que no nos pudieron gustar más.

– Un festival que, según pude experimentar en esta ocasión, sorprende a los neófitos por la variedad de edades del público que en él se da cita: desde bebés que bailan bien amarrados a sus madres hasta parejas con edad para haberse retirado de la vida laboral pero mucha energía para seguir disfrutando de la vida musical. Otra gran cualidad en esta época en la que a menudo el ocio parece estar tan compartimentado.

– Pero hay mucho más: es una oportunidad inmejorable para disfrutar en primera fila de demostraciones con impresionantes instrumentos tradicionales: músicos y artesanos despliegan sus melodías y sus obras en los numerosos stands alrededor del castillo, un antiguo teatro de títeres convoca a quienes acuden a él en familia, variedad de oferta gastronómica

– Y, pese a toda esta oferta, han sabido mantener la dimensión acogedora del evento.

– Hubo sol y hubo lluvia. Por suerte prácticamente todos los escenarios son cubiertos pero, aún en esto, no habrá muchos festivales en los que, cuando el tiempo no acompaña, quizá hasta añade un plus de magia para aquellos que se atreven a bailar bajo la lluvia.

 

  

Queden atentos para la próxima convocatoria.