Colette y sus mil y una vidas

Hay vidas que, en la misma cantidad de años, parecen haber durado el doble que otras. Déjenme que se lo explique con el caso de la nada convencional Colette.

Algunos de los hitos por los que se recuerda a esta exitosa -en sus propias palabras- «escritora por accidente», más allá de su novela Gigi (llevada al cine por V. Minelli); es por haberse convertido en la primera bailarina de music-hall que mostró un pecho encima del escenario y una de las primeras corresponsales mujeres en cubrir la Primera Guerra Mundial. También presidió la (sociedad literaria) Académie Goncourt, fue condecorada con la Legión de Honor y para ella fue el primer funeral de Estado para una mujer en Francia.

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Gran parte de su rebeldía se la debe a su madre, Sido, que, criada junto a sus hermanos mayores en los ambientes artísticos y periodísticos de Bruselas, nunca se sometió a la moral predominante en el pueblo de la Borgoña francesa en el que Colette pasó su infancia.

Recuerda Colette una infancia «rica en ideas pero pobre en dinero». Rebelarse contra una rebelde, suponía para ella sentir una atracción por las navidades de los niños que, al contrario que ella, iban a un colegio religioso y salían adormecidos de la misa del gallo a la que ellos nunca iban, de los que recibían sus regalos el día de Navidad en lugar del día de Año Nuevo -como recuerda en su libro Regalos de Invierno-.

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Leo este evocador librito al que sé que volveré muchas otras muchas navidades y me sumerjo en el ambiente de las celebraciones navideñas de la bohemia parisina de la vida adulta de Colette para después ser transportada a las sencillas navidades de su infancia.

«¿Cómo transmitir esta felicidad sin aspavientos, de fuego lento, a nuestros niños de hoy en día?. A la edad de estos niños, nos alegrábamos con nada, con el mismo pastel de siempre, con el pequeño árbol de siempre, con un protocolo de emociones y de deseos naif, siempre lo mismo…»

… «No sólo para los mayores el precipitarse del tiempo hacia lo invisible y lo irrevocable resulta conmovedor. La emoción de un niño, aquella que le devuelve la imagen de su breve pasado, no depende ni de la sorpresa ni de la admiración; él ama lo que conoce, prefiere lo que reconoce y lo canta para sí al ritmo de una poesía espontánea.»… «Como todas las gimnasias, una gimnasia sentimental entrena tanto al instructor como al alumno.»
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Una lectura entrañable y delicada que a cada párrafo nos revela a una mujer más libre de clichés de lo que soy capaz de imaginar incluso en el mundo actual y a una novelista con un punto de vista irrepetible y una indudable sensibilidad para poner en palabras sus ideas de forma preciosa.

Colette llegó a la literatura «por accidente» empujada por su primer marido pero leyendo su obra no es de extrañar que Marcel Proust, André Gide o Simone de Beauvoir se encontraran entre sus fervientes seguidores.

 

Sin duda, hay que poseer un talento admirable para pasar de una vida a la otra y salir por la puerta grande en cada una de ellas, como lo hizo Colette.

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