En un lugar del pasado…

Cuando te topas con un libro como La trilogía de Candleford (y es difícil que su preciosa portada pase desapercibida si tienes la suerte de que se cruce en tu camino), merece la pena robarle horas al sueño para viajar a una vida que me hace sentirme cerca de la que muchos de nuestros abuelos y bisabuelos reconocerían.

 

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Leyéndolo, imagino a la autodidacta Flora Thompson (Inglaterra, 1876 – 1947) tratando de atrapar con el mayor detalle posible los recuerdos de una vida que se desvanecía ante sus ojos:  las anécdotas del día a día de una comunidad agrícola del sur de Inglaterra con recursos económicos más que reducidos. Transcurre la recta final del siglo XIX y, leyéndolo, no cabe la menor duda de que la autora ha vivido de primera mano las escenas que retrata en su novela.
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A través del personaje de Laura, una curiosa niña a quienes muchos atribuyen el alter ego de la autora, recuerda sus recetas, sus canciones y celebraciones, su laxa concepción de la educación y la religión, cómo iban cambiando sus casas y sus ideas desde la férrea aceptación del sistema de clases a la revolucionaria idea de que todos somos iguales, cómo se apoyaban entre los vecinos (o debería decir vecinas) con el nacimiento de cada nuevo retoño o cómo para ellos, los pobres eran los vagabundos que ni siquiera poseían una casa…

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Thompson narra a ratos con nostalgia, a ratos con ironía, a ratos con la benevolente mirada crítica de quien echa la vista atrás y es consciente de cómo ha cambiado el mundo…   Es fácil idealizar la vida desde las vivencias de unos niños en una época en que se celebraba el período más largo sin conflitos bélicos sin saber lo que se les vendría encima en las décadas posteriores. No hay que olvidar que la primera parte se publicó por primera vez en 1939 y que fue en 1945 cuando la trilogía al completo vio la luz en un solo tomo.
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Por momentos me permite trasladarme al pasado y ver a través de los ojos de sus protagonistas el escepticismo ante esas primeras bicicletas que creyeron una moda pasajera, el paso de considerar el chocolate un producto exótico a encontrarlo en cada tienda, las ciudades creciendo al ritmo marcado por la industrialización mientras el tiempo parecía haberse detenido en las paqueñas aldeas, los niños jugando libres (ahora que leía a Francesco Tonucci hablando de que los niños han perdido el espacio público y ya no pueden salir a la calle sin adultos):
«Estos niños aprendían temprano que debían defenderse por sí mismos mientras inventaban juegos inspirados por la naturaleza con lo que ésta ponía a su disposición… No había ni habrían podido permitirse diversiones de pago. Sin embargo, estaban las hermosas vistas y los sonidos y olores propios de cada estación.»

 

     
Por momentos pienso en cuánto ha cambiado la vida y qué poco hemos cambiado nosotros…
Leer La trilogía de Candleford es sumergirse en un mundo de gente sencilla y entrañable con una inocencia que provoca una tierna sonrisa en el lector. Decía Mario Vargas Llosa que «cuando la realidad se vuelve irresistible, la ficción es un refugio». Refugios como la trilogía de Candleford que nos recuerdan que «la esperanza es casi tan dulce como la miel», nos ayudan a vivir.

Al acabarlo queda la sensación de haber dejado atrás no solo a los personajes sino a toda una época.