Leo Lionni. Una celebración de la imaginación

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La autobiografía del autor e ilustrador infantil, pintor, ceramista y diseñador Leo Lionni (1910-1999) huele a trementina y a aceite de linaza. Desde el cuadro de Chagall que colgaba frente a su dormitorio durante su primera infancia hasta el caballete que se empeñaba en llevar consigo mientras estudiaba economía.
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Leer la primera parte de «Entre Mundos» es leer acerca del triunfo de la vocación pero también asomarse a su agitada e intensa vida familiar durante la infancia y recorrer la Europa y América del Norte del siglo XX a través de la mirada multicultural de alguien que se autodefinía como «yo era Bauhaus, igual que era agnóstico, progresista o judío«. (Lionni nació en Holanda y desde muy joven fue alternando estancias en Bélgica, Estados Unidos, Italia o Suiza,… según las circunstancias personales e históricas le fueron dictando).
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Nos vamos adentrando en la vida de este inquieto autor autodidacta que, en sus propias palabras, no sabía decir que no a las propuestas que le hacían; y podemos asomarnos a la primera línea de las grandes agencias de publicidad norteamericanas, al Black Mountain de Josef Albers, al diseño gráfico en el mundo editorial, a la gestación de Aspen como centro de congresos, a las incursiones en talleres de artistas de distintas disciplinas, a las fiestas bohemias con Calder, a su pasión por el flamenco y a los viajes cuando el mundo empezaba a descubrirse. Siempre con el foco puesto en ese momento en el que surgía la chispa de la inspiración que a él tanto le interesaba y en el proceso creativo.
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Me llama poderosamente la atención cómo la importancia que se le da a la familia en las páginas dedicadas a la infancia y la juventud contrasta con la prácticamente nula aparición del crecimiento de sus hijos entre las líneas de esta biografía. Sí es constante presencia de Nora, fiel compañera de noches desveladas, cenas y viajes -siempre dispuesta a asumir los cambios de localización que los proyectos de su marido fueran dictando-. Quiero pensar que esa elipsis nos habla de cómo han cambiado los tiempos en estos últimos años.
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Cuenta Lionni con su cuidado estilo que, a la hora de enfrentarse a la escritura de su biografía, se dio cuenta que, a partir de una fecha determinada «los recuerdos brillan con demasiada claridad; son demasiado grandes para el campo visual, demasiado olorosos para la realidad que describen y demasiado inestables e inquietos para poder ser contemplados, juzgados y entendidos. Ningún puntal ficticio es lo suficientemente ingenioso y resis tente para convertirlos en imágenes reales».
Quizá sea por eso que resolvió narrar la última parte de su vida, sus pensamientos, dudas y temores más profundos a través de las cartas que escribía a su mejor amigo: Bob Osborn. Un indudable acierto, a mi parecer, que deja que el lector vislumbre el lado más vulnerable de Lionni -tanto en su faceta de creador como en la humana- tras la revisión de una vida a través del prisma del éxito.
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De la indefinición de la juventud a los retos de la madurez, leía buscando imágenes de su tío y de la famosa actriz que era su amante, de la calle donde se instaló recién casado o de los anuncios que le hicieron popular. El libro editado por Kalandraka también incluye abundantes imágenes del autor y su obra. Se agradece.
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